EL ARQUITECTO CANIBAL

Escrito por Abraham Cota Paredes (2019)

Pelicula: Infierno verde

Hace unas semanas, en una reunión de Arquitectos, escuché una frase que me ha dado vueltas en la cabeza: Los Arquitectos comen Arquitectos.


En nuestra profesión nos vemos envueltos en un mundo donde nuestro trabajo habla por nosotros, la imagen, la obra, la maqueta, la fotografía, el discurso. Vemos reflejadas nuestras horas de trabajo en objetos, físicos o digitales. Por lo cual nos volvemos objeto de análisis, de comparación, algunos se ven reflejados en nuestro trabajo, y otros lo critican o detestan. Y hasta cierto punto es natural, uno tiene que aprender a lidiar con eso, ¿no?


El problema empieza desde la Universidad, nos educan para competir contra nuestros compañeros, para ver quien alcanza la mejor nota, o tiene el mejor proyecto, quien recibe las mejores críticas. Este comportamiento, aunque positivo en algunos aspectos tiene una connotación de virus, porque nos infecta desde muy temprano con la idea de que, para sobresalir en la vida, debemos mostrarnos superiores sobre otros.


El proceso de crecer es complejo, incierto, uno puede tener la meta en la mente y trabajar hacia ella, pero no conoce las vicisitudes del camino, y el camino es largo.


En momentos nos sentiremos acompañados y en otros nos encontraremos completamente solos, por lo que necesitamos siempre tener personas a nuestro lado que nos ayuden a comprender que todo lo que nos ocurra es una parte natural del camino.


Pero que algo sea natural no significa que no pueda mejorar. Que el odio exista no significa que no hay que combatirlo, que seamos animales no significa que debamos actuar como seres primitivos. Y en el mundo del arte estamos rodeados de instintos y sentimientos que pecan de humanos, pero carecen de humanidad. Como lo son la envidia y los celos, esa sensación que produce el escuchar que, a nuestro amigo o vecino, y a veces hermano, le acaban de subir el sueldo y que sorpresa, ganará más que nosotros.

Pelicula: El Silencio de los Inocentes

Escribo estas líneas para expiar un poco mis sentimientos, sentimientos que he sentido a lo largo de mi vida y en distintos momentos. Recuerdo muy bien ese día, yo acababa de entrar a trabajar a una oficina junto con otro compañero, el más grande que yo y con más experiencia. Ambos negociamos nuestro sueldo por separado, y nos sentimos conformes hasta cierto punto.


El problema ocurre cuando me entero de cuánto gana mi amigo. Habían pasado algunos meses desde que entramos y yo había tenido un buen desempeño, con solo 23 años conseguía romper el número de proyectos aprobados en 1 mes, y ganaba el bono más alto entre mis compañeros. Todo iba muy bien, me sentía satisfecho y orgulloso de mis resultados. Entonces por qué sentí esa punzada en el estómago en el momento que me entero que mi compañero, que no había conseguido igualar mi rendimiento, tenía un sueldo mayor al mío.


Recuerdo bien esa tarde, regresé a mi departamento apesadumbrado, triste, y con esa sensación tóxica en el estómago. ¿Por qué me sentía así?, ¿porque no soportaba la idea de que mi amigo, - que ya se había convertido en uno – ganará más dinero que yo, si yo me sentía mejor que él?


Lo platiqué mucho con mi novia de ese momento, porque no me podía quitar esa sensación de un hueco doloroso en el estómago, porque no podía dejar de pensar en la injusticia que eso me parecía – es muy interesante como un problema que en ese momento ocupaba todo mi pensamiento, el día de hoy es solo un recuerdo de una nimiedad absurda, pero que hoy me sirve para describir una idea-. Al final de la plática con ella, entendí que ese hueco que sentía tener en la boca del estómago tenía un nombre, y se llamaba envidia.


La envidia es un sentimiento extraño, que gusta de mimetizarse y disfrazarse para perderse entre el mar de sentimientos que genera nuestro cerebro ante cada evento que percibe.


Si no lo hacemos consciente, se vuelve un problema, porque forma parte de nosotros hasta volverse integrante de nuestra personalidad. Actuamos inconscientemente afectados y corroe distintas facetas de nuestro ideario mental. El lector agudo podrá pensar que no solo la envidia es el sentimiento que afecta el cómo reaccionamos ante encontrarnos con un humano que nos represente cualquier tipo de amenaza.


Podemos pensar en el Ego, esa palabra que utilizaba Freud para describir una parte de nuestra personalidad inconsciente pero que juega un papel fundamental en nuestra toma de decisiones que se volverán nuestra forma de ser y nuestro carácter. La soberbia puede jugar también en la misma cancha como un sentimiento de superioridad que nos hace creer que somos el centro del universo y que nuestro trabajo tiene mayor valor que el de los demás.


Pero recordando al personaje de Fernando de Montego en el Conde de Montecristo de Alejandro Dumas, la envidia que sentía Fernando hacia Edmundo Dantes por ser el prometido de Mercedes, la mujer de la que Fernando estaba enamorado, fue lo que provocó el odio y consecuentemente la treta que lleva a Edmundo Dantes a terminar en la prisión del Castillo de If.


Con esto mi querido lector lo que quiero es hacer consciente que el problema fundamental que genera el que cuando estés en Instagram y veas una imagen que te gusta o probablemente que te encanta y no des “like” es en términos psicológicos una acción motivada fundamentalmente por la envidia.


El que una frase como “los Arquitectos comen Arquitectos” sea bien conocida por una Arquitecta de una generación más arriba que la mía, es resultado de que la envidia es un sentimiento bien arraigado en la cultura latinoamericana, o cuando menos mexicana. Quizá tiene muchas razones, quizá es porque somos una cultura con un origen de conquista, como todos los problemas que podríamos llamar freudianos si nos referimos a que comienzan desde nuestro nacimiento, o tal vez podríamos llamarlos Pazianos, porque son desmenuzados en el Laberinto de la Soledad de Octavio Paz.


Ese sentimiento de que hemos sido adiestrados poco a poco, donde lo más común es el fracaso o la derrota, y en el momento en el que vemos un atisbo de talento o de ímpetu por salir de ese círculo violento que puede ser la mediocridad de las mayorías, nos vemos amenazados y buscamos de manera activa o pasiva, tal vez no siendo una roca que bloquee su camino, pero si un terreno rocoso que busque frenar la velocidad en el camino que aquel ingenuo hermano tiene el valor de haber tomado.


Y es un virus que infecta al mexicano y se manifiesta por todos lados, en cualquier profesión, a cualquier edad, y en cualquier nivel socioeconómico – siempre hay alguien que envidia lo que tú tienes, aunque tu pienses que no tienes nada que alguien pueda envidiar-. Lo acabamos de vivir de manera pública hace unos meses en el gremio del cine con la nominada al Oscar: Yalitzia Aparicio, un joven talento que hacía su debut cinematográfico en una película del director ganador del Oscar, Alfonso Cuarón, Yalitzia una mujer que no estudió actuación, que viene de una familia de origen Zapoteca, al obtener el enorme reconocimiento de ser nominada al Oscar a mejor actriz provocó que la envidia encarnecida de un gremio se volcara encima de ella. Haciendo visible uno de los sentimientos más tóxicos del ser humano.


Cuando lo que debimos hacer fue alentarla, subirla en nuestros hombros e impulsar, porque un principio de cualquier filosofía que llamamos religión es el siguiente, lo que hacemos a otros nos lo hacemos a nosotros mismos. Cada que yo veo una imagen o una publicación con contenido que me gusta, pero por que no conozco al autor o porque no es de mi grupo de amigos, o por cualquier razón que ustedes quieran, no reaccionó con un like o un comentario apoyando, me resto a mismo ese espaldarazo. No sabemos lo importante que pueden llegar a ser nuestras acciones, yo lo he visto, un like se puede convertir en la invitación a dar una conferencia, en un seguidor, en un amigo. Un like es la puerta a un mundo infinito de posibilidades que cada que no lo damos, cerramos la puerta.


Pongamos el ejemplo a esa generación mía o a la que viene detrás de mí, cambiemos al mexicano, al latinoamericano, volvamoslo fuerte y orgulloso de su hermano, dejemos de comernos entre nosotros, alimentarnos con palabras de aliento, compartiendo nuestro trabajo entre nosotros, que el mundo nos vea unidos y optimistas del futuro que se nos viene.


Alguna vez escribí en un poema: “Basta de siglos de llantos y cantos arrepentidos, conmueve al niño sonriente tanto como el desvalido. Es hora de vernos como lo que somos, un pueblo mestizo lleno de talento y energía, sol y un gran espíritu”.

Y siguiendo la tradicional Posdata:


En palabras de Santo Tomas de Aquino: “La nada nada crea, la nada nada construye”.

¡GRACIAS POR LEER!

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