GÉNERO Y ESPACIO en la Ciudad

Escrito por Astrid Pimienta


Para hablar de género es necesario comenzar con una aclaración que, si bien puede parecer evidente en nuestros días, no está de más retomar: el género es un sistema de categorización social. Mujeres como Margaret Mead y Simone de Beauvoir presentaron esta y otras ideas en las décadas de 1930 y 1940 respectivamente, resultando escandalosas en un contexto en que, si bien la sociología contaba al género entre sus variables de estudio, consideraba los roles como un rasgo racionalizado de las características intrínsecas del sexo biológico.


Mead, antropóloga, estudió la vida íntima de tres sociedades primitivas de Nueva Guinea para encontrarse con patrones que desafían las convenciones occidentales: mujeres guerreras y hombres cuidadores, entre otras particularidades. Beauvoir, filósofa, profundizó acerca de la realidad histórica de las imposiciones externas a la sexualidad que definen la consciencia de ser mujer. A partir de este tipo de investigaciones se detonó la ola feminista de los años 70, la cual no solamente cuestionó las complicaciones de no considerar teóricamente los componentes sociales y culturales del género sino que exigió un cambio en cuanto a las consecuencias de esto para las mujeres.


Actualmente, se entiende al género como un modelo social que estructura de forma primaria a las sociedades: los modos de vida, la cultura y los procesos de socialización están definidos por la forma en que los roles de género han inscrito ciertas características a los individuos. Y es que el género es abarcativo: incide en todos los procesos sociales como lo son las instituciones, los símbolos, las identidades, los sistemas…


Mediante los roles de género se designan las maneras de vivir, las posibilidades y restricciones que definen la forma de ser en el mundo de las personas. El lenguaje juega un papel crucial: los cuerpos son nombrados incluso antes de nacer como el cuerpo de él o el cuerpo de ella, marcando una construcción simbólica que determina la vida del individuo. A partir del nombramiento e identificación social que excluye el comportamiento dentro un género u otro, se genera una especie de puesta en escena en la que se adopta un libreto infinitamente interpretado con anterioridad. A este proceso, la filósofa Judith Butler lo denomina como “la performatividad del género”.


Esta teoría refiere a la repetición constante de patrones que caracterizan como realidad la significación del sexo biológico como género. Es decir, los roles se constituyen mediante la normalización de una actuación repetitiva que ni siquiera se cuestiona porque es “lo normal”. Este mecanismo actúa de forma obligatoria y coercitiva, excediendo la voluntad de los individuos y su capacidad de elección, ya que de comportarse fuera de las reglas éstos serán inmediatamente catalogados como patológicos, rechazados y acosados. La performatividad sobrepasa incluso la ficción social y llega a la interioridad psicológica de los individuos, al construir mediante la copia naturalizada una creencia del yo basada en el género en la que todos nuestros gestos, movimientos, formas de vestir y hablar apoyan las expectativas que nos hemos creado a partir de nuestros cuerpos y su nombramiento.


El posicionamiento dentro de los esquemas obligados del género conlleva una exclusión binaria que parte de la diferencia y genera relaciones asimétricas de poder. Dentro de las características que se inscriben en las categorías hombre/mujer, históricamente se han asignado las características más valoradas por las sociedades a los primeros y por contraposición, aquellas consideradas insignificantes a las segundas. Así, encontramos las ideas opuestas de masculino/femenino, ciencia/naturaleza, razón/intuición, explotación/conservación, lógica/emocionalidad, cultura/corporalidad… y la forma en que aquellas categorías de jerarquía, dominantes, se corresponden socialmente con el lado masculino.


Instituciones como la escuela, la familia y la iglesia refuerzan mediante sus estructuras la posición superior de lo masculino, exigiendo y castigando ciertos comportamientos diferentes a niños y niñas. Además de estos, existen mecanismos menos evidentes pero igual de coercitivos, que inciden en las distintas dimensiones de la vida humana aplicando las relaciones de poder de las estructuras patriarcales y ejerciendo por ende una opresión universal sobre las mujeres a través de los procesos del entramado social.


El espacio es uno de esos mecanismos, en el cual se encuentran materializadas estructuradas hegemónicas que se han constituido desde rasgos patriarcales. De principio, la concepción diferenciada entre público y privado nos remite a la exclusión binaria que surge a partir de la división del trabajo: lo productivo, que se realiza afuera, genera un ingreso capital y es valorado; y lo reproductivo, que se realiza al interior, no es pagado y por lo tanto no se visibiliza ni se valora. Sobra decir que el espacio público se ha asociado directamente con lo masculino debido a la importancia social que se le da, mientras que el espacio doméstico, la casa, es el espacio femenino por excelencia.


Surgen aquí algunas reflexiones: la primera de ellas alrededor de la total dependencia que el trabajo productivo tiene hacia el reproductivo y la necesaria re-valorización del mismo dentro de un sistema subyugado al trabajo. La segunda, acerca de la condición real de violencia que muchas mujeres viven en la intimidad de sus casas, situaciones en las que lo que acabamos de denominar unas líneas más arriba como “el espacio femenino por excelencia” termina siendo escenario de su dominación en el sentido más amplio de la palabra.


Reflexionando ahora acerca del espacio público, aquel que se determina como masculino, nos topamos con otras inquietudes. Ciertamente, las mujeres habitamos el espacio público: nos desplazamos a través de él para estudiar, trabajar, esparcirnos, etc. De hecho, los roles impuestos por la sociedad a las mujeres contemporáneas ya no se reducen a las amas de casa de antaño, sino que exigen la ocupación laboral remunerada además del cumplimiento de las labores domésticas. ¿Es esto señal de que las mujeres hemos conquistado el espacio público y ahora nos pertenece?


Definitivamente, no. Al habitar desde lo femenino un espacio que ha sido jerarquizado como masculino, las mujeres nos encontramos con expresiones directas de opresión que se accionan a través del género e inciden en nuestras formas de habitar y representarnos en el espacio. Siguiendo el mecanismo de la performatividad del género, estos patrones se han normalizado mediante la repetición hasta parecer incuestionables y delimitan las posibilidades y restricciones que cada uno y cada una tiene en el espacio. Existen ciertos rasgos patriarcales que sirven para identificar directamente las cualidades de opresión por género en las ciudades contemporáneas:

  • El lenguaje ginope, es decir que omite o devalúa a las mujeres, lo podemos verificar en la ausencia de referentes femeninos en la nomenclatura urbana de espacios públicos y monumentos históricos.

  • La erotización de la dominación que normaliza las relaciones de poder y violencia para alcanzar el placer existe no solo en las imágenes publicitarias que incitan a los roles oprimidos femeninos, sino en la directa exacerbación de múltiples situaciones de vulnerabilidad corporal de las mujeres: pasando desde el acoso callejero hasta el feminicidio.

  • La educación androcéntrica que transmite los mecanismos de la opresión: mediante la perfomatividad, el espacio actúa como un elemento de conceptualización y asignación de roles en cuanto a público/masculino, privado/femenino, enseñándole a cada quién aquello que tiene permitido y lo que no de acuerdo a su jerarquía o vulnerabilidad.

  • El biopoder que regula la vida por medio del cuerpo: características que la ciudad materializa desde valoraciones hegemónicas como el ideal de progreso, y que imponen modos de vida deshumanizantes a sus habitantes. Por ejemplo, las problemáticas de una red de transporte público que se determina por cuestiones productivas, ignorando las trayectorias mucho más complejas de las mujeres en sus roles de cuidadoras y nutridoras además de productoras.


Como vimos, la performatividad del género tiene un carácter coercitivo e interiorizado, el cual nos lleva a entender nuestras posibilidades y restricciones como individuos. En este sentido, las mujeres sabemos que las ciudades son peligrosas para nosotras: nos preguntamos cómo vestir, en qué horarios y medios de transporte movernos e incluso en quién podemos confiar para acompañarnos. Sabemos que estamos condicionadas a una violencia y una vulnerabilidad atroces, y hemos interiorizado el terror que nos causa nuestra propia existencia en sociedad porque “somos mujeres”.


En lo personal, me parece sumamente valioso que los movimientos feministas contemporáneos hayan cobrado la fuerza suficiente para preguntarnos a cada vez mujeres acerca de la poca naturalidad de la dominación que hemos naturalizado por siglos, así como Mead y Beauvoir en su momento hicieron notar la necesaria distinción entre el sexo biológico y el género como sistema social. Los métodos de choque utilizados para visibilizar las problemáticas son por demás justificados: el caos no son unas paredes rayadas, unos monumentos atacados, unas puertas rotas o unas cosas quemadas; el caos son diez mujeres muriendo al día en las condiciones de más inhumana violencia por el “hecho” de ser mujeres y ser niñas.


El espacio es una expresión directa de lo que una sociedad valora, y constituye un gran logro para las revoluciones apropiarse de él y conseguir por su medio un nuevo significado: el acceso a la visibilización por parte de las minorías históricamente silenciadas. En el mirador del Pípila en Guanajuato está escrita la frase:

“Aún quedan muchas alhóndigas por quemar”

Y en ese sentido a las mujeres nos queda aún mucho espacio por tomar.


¡GRACIAS POR LEER!

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